Entre besos y celulares estaban los dos en el banco moderno de la plaza. Aunque llamarle plaza es ser demasiado bondadoso con ese triángulo de cemento que corta la cuadra. Ni tiene árboles ni nada color verde. Sólo unos bancos, de cemento también, que parecen sillas o sillones.
La pareja no tendría más años que los que se tienen en la pubertad. Y los celulares parecían ser el cuarto y quinto integrante de esa relación. Un poco de besos, un poco de Facebook. Otro beso y una risa y alguna foto para Instagram.
Yo paso como una transeúnte cualquiera, que mira a su alrededor y se sorprende. Quizás se fija en detalles que otro no vería y deja de lado cosas que a otro le serían de importancia.
De alguna manera, me veo yo ahí también, formando parte de ese noviazgo -efímero y superficial, tal vez-. Estoy conectada a ellos, formo parte de su red. Y tal vez también forme parte esa señora que está volviendo de hacer las compras. Y los autos que pasan por Av. Rivadavia. Y los alumnos del Sagrado Corazón.
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